La increíble historia del también increíble Rómulo Armando Pontilebrán
Estas líneas narran una breve parte de las extraordinarias aventuras del gran Rómulo Armando Pontilebrán, hijo ilustre de Nuevo Amanecer, joven de sangre foránea, criado y educado en el seno de aquel peculiar pueblo cuyo nombre recuerda aquel célebre día en que la pericia investigativa del susodicho permitió desenmascarar la más grande de las infamias en la que pudo haber caído el hombre.
Corrían por esos años los últimos días del mes de diciembre, mes aquel en que el sol golpeaba con tal intensidad y el calor lograba penetrar tan poderosamente los desanimados y ya flácidos cuerpos de los habitantes de Nuevo Amanecer que, obligados todos por ello a cambiar diametralmente la rutina con tal de capear los deslumbradores rayos solares - y dormir de día para mantenerse despiertos y ocuparse de noche-, toda la actividad pueblerina en ese periodo del año se resumía a colaborar con los preparativos para la gran fiesta de fin de año en que se festejaba la liberación del pueblo, pero donde se aprovechaba también de dar la bienvenida al año venidero.
Era así como el pueblo entero se volcaba a ayudar a la realización del magno evento, presionados siempre todos, y como de costumbre, por la cercanía de la fecha –pues la impuntualidad y el atraso eran rasgos constitutivos y característicos de los nuevoamanecerinos- y acorralados por la pocas horas disponibles para el asunto, pues en esos días de verano infernal las horas sin sol podían ser contadas con los dedos de una sola mano.
La fiesta tuvo lugar día sábado 30 de diciembre de aquel recordado año de 1978, un día que pintaba para otra gran fecha de jolgorio, diversión, alegría y júbilo inconmensurables, tal y como venía sucediendo meticulosamente desde hacía 178 años todos los 30 de diciembre de cada año, pero que terminó siendo recordado, por diferentes razones que se detallarán más adelante, como el a la vez trágico y gran día en el que la concatenación azarosa de un sinnúmero de hechos derivó en la resolución de un enigma que terminó por devolverles la lucidez a los nuevoamanecerinos.
Era una noche cálida y templada, en la que soplaba incluso un tímido pero refrescante viento marero, tal y como si el calor endemoniado de esos días hubiera aceptado una tregua unilateral con tal de no sofocar ni asfixiar a los numerosos pueblerinos que se aprestaban a dejarse llevar en cuerpo y alma por el catártico y endiablado ritmo de la ilustre orquesta del pueblo. La ceremonia de inicio de las celebraciones tuvo lugar a las 23 h. con 25 minutos, justo en el preciso momento en que el sol terminaba por esconderse por completo detrás de las montañas, llevándose consigo el último rayo de luz: tal puntualidad en este caso no debe sorprender, pues las únicas dos cosas que funcionaban con sumo orden y prolijidad en Nuevo Amanecer eran la organización de las festividades del 30 de diciembre y el mismísimo desorden. Bastó con que el señor alcalde tomara su fusil, con cierto aire altanero y ribetes de arribismo autoritario que no lograban disimular su particular torpeza y poca credibilidad popular, para que la multitud, estática como una estatua, se prendiera en llamas y explotara de efervescencia como lava de volcán rabioso, antes de que se le ocurriera siquiera al mandamás pensar en apretar el gatillo con tal de disparar esa bala cuyo estruendo daría por iniciadas las celebraciones.
De ahí en más, el carnaval se desató desaforada y desenfrenadamente, con tal atrevimiento en sus bailes y movimientos, con tal audacia y descaro en sus desplantes escénicos, con tal erotismo rebelde, provocativo e insolente en sus actitudes, que más que una celebración parecía una liberación. La mismísima orquesta municipal, encargada de hacer bailar a la multitud, tenía serias dificultades para conciliar sus pegajosos ritmos y sensuales melodías con los espasmos corporales de aquellos bailarines que no hacían otra cosa que seguir la cadencia desenfrenada del compás aquel marcado por el latido de sus agitados y poseídos corazones. No había quien no se contagiara con tremendo festín, a tal punto que incluso los personajes más viejos del pueblo, aquellos que durante el año parecían muertos en vida y que solo lograban, en las esquinas del pueblo, mover los ojos y fruncir el rostro para exigir con la mirada una ración de comida, se desdoblaban animosamente con tal de no quedar relegados de la función. Ahora bien, si había algo que llamaba poderosamente la atención de los participantes al evento, era la belleza del contagioso meneo corporal de las atractivas mujeres pertenecientes a la escuela de baile municipal: con sus encantadores y divinos movimientos y sus atléticos y perfectamente bien esculpidos cuerpos, no había niño que no las mirara, joven que no las deseara, hombre que no las enlabiara y mujer que no las envidiara. Así, estas verdaderas musas de carne y hueso dibujaban con sus caderas sugerentes movimientos circulares cuya intensidad hipnotizaban a los hombres, quienes no lograban despegar sus aleladas miradas de los exuberantes cuerpos de dichas féminas. Esas ojeadas zurumbáticas reflejaban apenas algunos indicios de las múltiples fantasías eróticas y sexuales que seguramente experimentaban esos machos endiabladamente tentados con semejantes delicias. ¿Cuántas nuevas historias de amor podrían haber surgido a partir de esos innumerables cruces de seductores vistazos? ¿Cuantas idílicas noches de pasión ilimitada podrían haberse consumado con tal cantidad de cambio de luces? Asimismo, cabe preguntarse, por otra parte: ¿ Qué hubiera sido de la vida del otrora humilde Rómulo Armando Pontilebrán, si no fuera por el fatídico desenlace de aquella noche que terminó por convertirlo en el mítico personaje cuya grandeza nadie, en Nuevo Amanecer, se atrevería a poner en tela de juicio? Si alguien dudara de que, -como bien señaló alguna vez Rómulo Armando, citando a un renombrado poeta oriental del siglo pasado- “no hay mal que por bien no venga”, esta historia no viene a hacer otra cosa que confirmar la veracidad de dicho sabio aforisma.
Efectivamente, desde cierto punto de vista, resulta un sinsentido evidente formular este tipo de especulaciones: no hay nada más inútil en la vida que detenerse a pensar en las infinitas combinaciones posibles de desenlaces con respecto al ámbito de cosas que podrían haber sido de otra manera. Sin embargo, la curiosidad natural del ser humano muchas veces lo conduce por caminos ciertamente pantanosos o derechamente intransitables, pero no por ello menos humanos. Si tiene algún sentido intentar responder a este tipo de preguntas, éste debe ser buscado en el deseo natural del hombre por encontrar respuestas a aquellas cosas –sean del tipo que sean- que lo mantienen constantemente en vilo: tal era el caso de las meditaciones y de los cuestionamientos que remecieron a los pueblerinos luego de aquel funesto día de jarana oficial.
Lo cierto es que todo marchaba a la perfección durante las celebraciones, hasta que un repentino grito –espeluznantemente desgarrador y lo suficientemente fuerte como para ser escuchado a varios kilómetros a la redonda- no solo acabó como un rayo con la vida de siete ancianos con problemas cardíacos, sino que destrozó también todo tipo de vidrios y cristales y estremeció a la multitud al punto de paralizarla súbitamente por completo: de un instante a otro ya no había bailes ni música, sino que solo una inamovible muchedumbre paralizada, mientras que el silencio magistral e imprevisto solo era perturbado por el eco estremecedor de aquel terrible alarido, eco que se arrastró durante largos y a la vez eternos minutos. Interrogada por algunos curiosos con respecto a su reacción, la joven del alarido no titubeó respuesta alguna, y se limitó a apuntar en dirección de la sala contigua a la alcaldía, donde ese día funcionaba la cocina de la fiesta: tal era el sentimiento de horror que inundaba su rostro, que a nadie le llamo la atención que hubiera enmudecido de por vida luego de tomar conciencia de lo que esa noche vieron sus ojos.
La situación era dantesca: cinco cuerpos inertes yacían en distintos rincones de aquella cocina regada en sangre y tapizada por aquí y por allá de sesos. Dos hombres y tres mujeres habían visto sus vidas truncadas por algún despiadado y desquiciado asesino, condenados todos por haberse encontrado en el lugar y en el momento equivocados, fruto de la fatalidad del miserable destino. Unos pocos, que danzaban a un costado del lugar donde ocurrieron los terribles hechos y que lograron presenciar la estremecedora escena, avanzaban con tal de evacuar el lugar, junto a la multitud cabizbaja, con la mirada al cielo como si estuvieran buscando a Dios, mientras se persignaban una y otra vez agradeciendo al cielo y maldiciendo la tierra.
Desde aquella noche la vida del pueblo cambió por completo: una paranoia generalizada se apoderó de la totalidad de los habitantes de Nuevo Amanecer, y nuevas medidas vinieron a perturbar la plácida vida del poblado. Fue así como de la noche a la mañana las puertas de los hogares se empezaron a cerrar próvidamente con la caída de la noche, sin dejar ya espacios para las habituales discusiones filosóficas entre vecinos sentados en las esquinas y en las terrazas alrededor de una cerveza; las largas caminatas nocturnas entre amigos al ritmo de los cahuines del momento se hicieron humo; las celebraciones de cumpleaños y fiestas varias empezaron a realizarse de día y ya nadie se atrevía a sacar siquiera la cabeza por la ventana llegada la noche. Las consecuencias de esta situación fueron fatales para el pueblo: tanto era el temor de la población a que volviera a manifestarse el asesino aquel que no había dudado en enviar al patio de los callados de manera vil y perversa y sin compasión alguna a cinco inocentes, que ya prácticamente nada funcionaba en el pueblo. Y esto no solo porque la gente dormía de día para sortear el aplastante calor, sino que de noche, en momentos en que debían tener lugar las actividades normales del pueblo, nadie era capaz, por miedo, de mover un solo dedo. Por ende, no hubo de esperar mucho para que cayera a pique la insignificante pero fundamental actividad económica del pueblo, y aparecieran así la escasez de alimentos y de bienes indispensables para sobrevivir. Es más: la misma gente del pueblo, forzada por decisión propia a quedarse encarcelada en sus casas, ya no interactuaba como de costumbre, y muchos veían como las relaciones con los demás se iban perdiendo y deteriorando paulatinamente. Nuevo Amanecer se había convertido en un ghetto: había pasado de ser un pueblo entretenido y acogedor a uno triste y afligido, entregando así un paisaje desolador del lugar aquel que tanta alegría había difundido en su época gloriosa. Precisamente, no tardó mucho para que una prestigiosa bruja de la ciudad predijera la muerte del pueblo, provocando la congoja de la mayoría pero, afortunadamente, la rebelión de un grupúsculo que no quiso permanecer de brazos cruzados mientras veía morir a su pueblo natal: el detonante del levantamiento aquel contra la fatalidad del destino fue la desaparición por completa de las ultimas reservas de vino, sin el cual, aducían ellos, no se podrían celebrar mas eucaristías. Esta peculiar rebelión disfrazaba ciertamente otros propósitos, pero no tardó en concienciar a los demás lugareños de que la lucha por el vino no solo representaba la lucha por mantener vivas las celebraciones religiosas, sino que constituía la única salida para resucitar un pueblo que contemplaba pasivamente su lenta pero segura agonía. Así, la discusión por la última gota de vino trajo consigo la conciencia de que había que devolverle el alma al pueblo a como fuera de lugar: las manifestaciones populares de descontento generalizado se fueron sucediendo y dieron pie para que el alcalde, sumamente interesado en retomar sus actividades protocolares y ególatras con tal de hacer efectivos su autoridad y poderío perdidos, tomara medidas al respecto, y terminara designando a un joven pero talentoso investigador con tal de que lograra dar con el paradero del asesino que tanto había trastornado al pueblo de Nuevo Amanecer.
La decisión del alcalde de elegir a Rómulo Armando Pontelibrán como el encargado de la difícil misión de encontrar a los responsables de la denominada Tragedia del 30 respondía a criterios muy particulares: el joven Rómulo era conocido y admirado por su vasta cultura, su particular e incisiva inteligencia, su historial de vida intachable, su increíble sagacidad y su incansable ahínco en cumplir con lo que exige el deber. Todas estas notas de su persona daban cuenta de los sobrados méritos que tenía este joven para cargar con la responsabilidad de resucitar al pueblo. Así, una vez hecha pública, dicha decisión fue unánimemente celebrada y aplaudida, y el alcalde volvió a sentir el aprecio popular que muchas veces le fue denegado con actitudes de indiferencia generalizada por parte de la población.
Rómulo Armando Pontilebrán era un joven que efectivamente nació en Nuevo Amanecer, pero cuya tremenda curiosidad intelectual impregnada en su honorable espíritu obligó a dejar su humilde cuna para recorrer, -según él mismo relató en sus mismísimas Memorias- el mundo entero con tal de comprender y aprehender el mundo y el universo. Con ese objetivo entre ceja y ceja, Rómulo Armando emprendió vuelo a edades más que tempranas hacia lejanas tierras que pudieran saciar en algo su sed de experiencias y su hambre de saber. Así, de tanto viajar y aprender diariamente cosas nuevas, Rómulo Armando, gracias a su envidiable talento natural por ilustrarse, devino rápidamente el hombre más culto e inteligente del pueblo y de la zona, encaramado sin duda laguna y sin contrapeso alguno en la cima de la sapiencia local. De carácter afable y noble y dotado de una cultura general cuyos límites parecían indescifrables, el joven políglota era considerado la persona ideal e indicada para resolver este espinoso y complicado caso, pues era por todos sabido que para Rómulo Armando no había misión que no terminara en éxito ni misterio que no fuera descubierto. Además, hasta el momento no se sabía siquiera de una ínfima pista que pudiera conducir a los responsables de la tragedia de aquel aciago día, por lo que todas las esperanzas de salvar al pueblo de la maldición que sobre sus espaldas pesaba recaían en el joven Rómulo Armando.
De esta manera, tal era la seriedad con que Rómulo Armando hizo suya esta misión, que ya antes de ser designado oficialmente por el alcalde como investigador responsable del caso de la Tragedia del 30, andaba él recorriendo las calles recopilando antecedentes que pudieran aportarle las primeras pistas del asunto. Las indagaciones iniciales no tuvieron los resultados esperados, pues fueron muy pocos los que presenciaron de hecho la escena del crimen, mientras la gran mayoría de la gente que bailaba al ritmo ensordecedor de la música orquestal solo atinó a evacuar el lugar asustada por el monstruoso grito de espanto de la joven aquella en momentos en que descubría los horrorosos hechos: dicha gente nada supo de lo que ocurrió hasta que comenzaron a circular los primeros rumores sobre el crimen, una vez desalojado el lugar de los hechos. Por lo mismo, Rómulo Armando comprendió que debía ser extremadamente cuidadoso con la selección de los testimonios si quería avanzar rápidamente con la investigación, pues eran muchos los que, motivados por las imperiosas ganas de ayudar en la búsqueda de los responsables del crimen, daban testimonios supuestamente fidedignos pero claramente inconsistentes, pues en ningún momento podían dar cuenta de haber presenciado algún detalle relevante para la investigación. De ahí que interrogatorio tras interrogatorio, Rómulo Armando decidió centrarse únicamente en investigar a aquellas personas que alcanzaron a entrar a la pieza donde estaba habilitada aquella cocina cuyos muros reflejaban el feroz enfrentamiento que seguramente aconteció en el lugar. En efecto, Rómulo Armando logró resolver que por muchos que fueran los que querían colaborar prestando todo tipo de declaraciones, nadie, absolutamente nadie fue testigo directo de los hechos. No había quien pudiera dar indicio alguno de lo que sucedió en esa hermética sala travestida de cocina: todos los testimonios recopilados hasta el momento no eran más que especulaciones vacías fruto de la imaginación de muchos que algo creían haber visto, pero que jamás vieron nada. Así, en base a situaciones fantasiosas y elucubraciones que daban impunemente rienda suelta a la imaginación en direcciones insondables, se idearon todo tipo de explicaciones para el crimen: hubo quien culpó a un viejo viajero que recorría en su balsa los rincones de todos los mares con tal de ubicar a su mujer que había desaparecido hacía una veintena de años; otro aseguró que el crimen era responsabilidad del bizarro extranjero aquel que había llegado al pueblo supuestamente a trabajar, pero que en realidad había venido a sembrar el pánico con tal de hacerse más fácilmente de las riquezas del poblado; hubo quien, incluso, llegó a afirmar que las victimas de la Tragedia del 30 habían sido atacadas por fuerzas sobrenaturales, razón por la cual no habría rastro alguno de los responsables de la matanza. Lo cierto era que algo le quedó claro a Rómulo Armando con respecto a los hechos: no hubo quien los presenciara en vivo y en directo. De ahí que con respecto a la investigación, Rómulo Armando solo considerara los antecedentes divulgados y expuestos por aquellas personas que presenciaron la escena del crimen: esos fueron los únicos datos y testimonios que el ilustre investigador tomó en cuenta. Comprendió entonces Rómulo Armando que disponía allí de elementos extremadamente importantes para resolver el caso: la posición de los cuerpos, la disposición espacial de las armas utilizadas para el asesinato, la estructura del lugar con sus vías de acceso y salida, las huellas, etc., constituían elementos esenciales a la hora de conformar una hipótesis de resolución del enigma. Por ende, habiendo seleccionado y tomado nota de todos estos antecedentes, y sin más ayuda que su propia sabiduría, Rómulo Armando dio por concluida la primera fase investigativa, pues disponía de todos los testimonios de los testigos que lograron presenciar la escena del crimen. Había que pasar entonces a la siguiente fase: analizar nuevamente todos estos antecedentes a la luz de la consulta de aquellos libros cuyas páginas, aseguraba Rómulo Armando, escondían entre líneas las llaves para abrir las puertas de la verdad.
Fue así como Rómulo Armando se enfrascó en la lectura de varios libros de su inmensa y riquísima biblioteca con la intensidad y vorágine de un sabio ejemplar. Para resolver el enigma de la disposición de los cuerpos y de las posibles situaciones en que podrían haberse envuelto las victimas antes de ser asesinadas estudió libros de física y de metafísica; para tratar de entender como fueron heridos y en qué lugares del cuerpo sufrieron las victimas sus estocadas mortales se largó a estudiar libros de medicina, especialmente aquellos relativos al ámbito de la anatomía humana; para identificar huellas escondidas procedió a leer todos sus libros de alquimia; por último, y con el objetivo de compenetrarse con la mente del asesino, se devoró de principio a fin todas las obras de psicología.
Hay que decir que el pueblo seguía con especial atención los avances de las investigaciones; y aunque Rómulo Armando mantenía al respecto un secreto sepulcral para no entorpecer el curso de las mismas, los rumores iban y venían sobre un posible pronto desenlace de las pesquisas.
No hubo que esperar demasiado para conocer los resultados de las indagaciones de Rómulo Armando: su diligencia y habilidad no daban tregua y era de suponer que entregaría al alcalde los resultados de su investigación antes de la fecha límite que había sido acordada al asumir el caso.
Fue entonces cuando, en plena mañana de un día soleado como ninguno, sonaron las campanas de la alcaldía y de la totalidad de las iglesias del pueblo, anunciando la buena nueva: el gran Rómulo Armando Pontilebrán haría pública sus conclusiones en la plaza del municipio. Habiéndose congregado el pueblo entero, que por vez primera desde el día de la tragedia salía de sus casas, se encaramó Rómulo Armando a una tarima especialmente diseñada para la ocasión, y con mirada serena exclamó ante la multitud silenciosa: “Heme aquí ante ustedes para hacerles saber las conclusiones a las que he llegado con respecto a la misión que se me ha encomendado. Como ustedes bien saben, en mi condición de hombre que prioriza la acción por sobre la palabra, dejaré de lado la pomposidad del lenguaje para centrarme en aquello que motivó la asunción de la susodicha misión. Paso a detallar entonces paso a paso las conclusiones a las que he llegado luego de intensas semanas de investigaciones: en momentos en que se encontraban las cinco victimas en la cocina, a eso de las 2 h. 37 de la madrugada según mis averiguaciones, estalló un movimiento telúrico cuya intensidad de 10 grados en la escala universal de terremotos no fue percibido por nadie en la alcaldía, excepto por aquellas personas que estaban reunidas en esa pieza aledaña habilitada como cocina para la ocasión. En circunstancias de que absolutamente nadie advierte por causa de la música y del baile este fuerte remezón de la madre tierra, las personas ubicadas en la pieza convertida en cocina si lo sienten, pues uno de los pilares que sostenía esta pieza se derrumba, provocando que Marcos Bonelli cayera al piso y se le disparara involuntariamente el arma con el que cazaba cocodrilos. Producto de esta bala perdida Pedro Inostroza cae al piso de manera inmediata, con el cráneo partido en dos y sus sesos salpicados en la pared: Pedro Inostroza muere en el instante mismo en que la bala perdida le traviesa la frente. Sin embargo, esta bala no solo atraviesa a Pedro Inostroza, sino que hiere en su loca carrera a Candelaria Arévalo en el estómago: malherida, Candelaria Arévalo se abalanza sobre Marcos Bonelli con la idea de vengar la muerte de su amigo –que por cierto no considera como accidental-, clavándole un cuchillo de quince pulgadas en el cuello y degollándolo como una gallina cualquiera, ante lo cual Marcos Bonelli fallece instantáneamente. Por lo mismo, y habiéndose desencadenado en ese contexto en principio inocente un ir y venir de balas, cuchillos y ánimos de venganza, Cristina Salas no lo piensa dos veces y parte en ayuda de su malogrado esposo: coge el arma que se había caído al piso y dispara una sinfonía de balas con las que remata a Candelaria Arévalo, quien se desvanece y agoniza por largos minutos. Se debe señalar luego que quedando Ximena Barros y Cristina Salas en pie, Ximena Barros se le adelanta y le propina un golpe en la sien con un martillo hundiéndole el cráneo y provocándole un estado de coma del que todavía no ha podido salir. Cabe consignar, por último, y para cerrar el capítulo con respecto a las cinco victimas de la cocina, que Ximena Barros, asumiendo la cruda realidad de haber visto morir a su bien amado, toma la decisión de dispararse un tiro en la boca con la misma arma que terminó accidentalmente con la vida de su pareja. Esto es lo que puedo decir con respecto a los cinco cuerpos encontrados en la cocina el día 30. Ahora bien, pregunto: ¿podemos culpar del crimen a Marcos Bonelli? ¿Qué hubiera pasado si la tierra no se hubiera movido como lo hizo? Estaríamos quizás, estimados amigos y amigas, discutiendo otro tipo de cosas en estos momentos difíciles para nuestro pueblo. Sin embargo, esto no debe desviar nuestra atención, pues la tierra finalmente si se movió, por lo que debemos preguntarnos: ¿Porqué razón se movió la tierra? ¿Qué fue lo que desencadenó este terrible terremoto junto con la seguidilla de crímenes absurdos? He consultado a brujos y astrólogos; he observado cuidadosamente mis más recientes libros sobre el problema, y he llegado a la siguiente conclusión: ¡el terremoto ha sido un castigo enviado por los dioses en rechazo a nuestras osadas y rebeldes costumbres!, según lo que pude indagar junto al brujo más importante de la zona. Por lo tanto, señoras y señores, concluyan ustedes mismos: Ximena Barros se suicida después de haber asesinado a Cristina Salas, en manos de quien muere Candelaria Arévalo, quien a su vez es muerto por Pedro Inostroza, éste último por su lado muerto por Marcos Bonelli, quien dispara y gatilla la matanza a causa de un terremoto enviado por los dioses, quienes a su vez enviaron el castigo…mmmmm…”
Súbitamente, en medio de aquella delirante rendición de cuenta, Rómulo Armando evitó con justedad emitir un despropósito que podría haber tenido quizá qué fatídicas coincidencias…¿Qué hubiera pensado la multitud si se le hubiera acusado de asesinar indirectamente a esos cinco inocentes? ¿Hasta que punto podría ser ella responsable de la tragedia que se desencadenó aquella escalofriante noche? Sin ir más lejos, ¿hasta qué punto mi investigación y mi consecuente reconocimiento público están en deuda con la tragedia del 30? A medida que reflexionaba sobre estos puntos, ya muy lejos de la investigación en sí misma y del entorno que la motivó, Rómulo Armando se limitó a cerrar armoniosamente su discurso, sin compartir sus inquietudes con su pueblo y dando por cerrado este intenso capítulo de la historia de Nuevo Amanecer. Por su parte, el pueblo entero se volcó a las calles a festejar la resolución del enigma del crimen, culpando de éste a los insensibles dioses, cuya actitud no logró comprender jamás: el divorcio con los dioses fue total de ahí en más. Nadie pudo advertir jamás por qué fueron los dioses quienes sembraron el pánico en la población. Nadie entendió posteriormente qué llevó a los dioses a cometer semejante atrocidad. Por todo esto y muchas cosas más, en signo de agradecimiento hacia el libertador Rómulo Armando, los habitantes propusieron cambiar de nombre al poblado y denominarle Pueblo del Nuevo Amanecer, a la vez que nombraron alcalde vitalicio a aquel hombre que tanto vitoreaban y tanto admiraban.
Estas líneas narran una breve parte de las extraordinarias aventuras del gran Rómulo Armando Pontilebrán, hijo ilustre de Nuevo Amanecer, joven de sangre foránea, criado y educado en el seno de aquel peculiar pueblo cuyo nombre recuerda aquel célebre día en que la pericia investigativa del susodicho permitió desenmascarar la más grande de las infamias en la que pudo haber caído el hombre.
Corrían por esos años los últimos días del mes de diciembre, mes aquel en que el sol golpeaba con tal intensidad y el calor lograba penetrar tan poderosamente los desanimados y ya flácidos cuerpos de los habitantes de Nuevo Amanecer que, obligados todos por ello a cambiar diametralmente la rutina con tal de capear los deslumbradores rayos solares - y dormir de día para mantenerse despiertos y ocuparse de noche-, toda la actividad pueblerina en ese periodo del año se resumía a colaborar con los preparativos para la gran fiesta de fin de año en que se festejaba la liberación del pueblo, pero donde se aprovechaba también de dar la bienvenida al año venidero.
Era así como el pueblo entero se volcaba a ayudar a la realización del magno evento, presionados siempre todos, y como de costumbre, por la cercanía de la fecha –pues la impuntualidad y el atraso eran rasgos constitutivos y característicos de los nuevoamanecerinos- y acorralados por la pocas horas disponibles para el asunto, pues en esos días de verano infernal las horas sin sol podían ser contadas con los dedos de una sola mano.
La fiesta tuvo lugar día sábado 30 de diciembre de aquel recordado año de 1978, un día que pintaba para otra gran fecha de jolgorio, diversión, alegría y júbilo inconmensurables, tal y como venía sucediendo meticulosamente desde hacía 178 años todos los 30 de diciembre de cada año, pero que terminó siendo recordado, por diferentes razones que se detallarán más adelante, como el a la vez trágico y gran día en el que la concatenación azarosa de un sinnúmero de hechos derivó en la resolución de un enigma que terminó por devolverles la lucidez a los nuevoamanecerinos.
Era una noche cálida y templada, en la que soplaba incluso un tímido pero refrescante viento marero, tal y como si el calor endemoniado de esos días hubiera aceptado una tregua unilateral con tal de no sofocar ni asfixiar a los numerosos pueblerinos que se aprestaban a dejarse llevar en cuerpo y alma por el catártico y endiablado ritmo de la ilustre orquesta del pueblo. La ceremonia de inicio de las celebraciones tuvo lugar a las 23 h. con 25 minutos, justo en el preciso momento en que el sol terminaba por esconderse por completo detrás de las montañas, llevándose consigo el último rayo de luz: tal puntualidad en este caso no debe sorprender, pues las únicas dos cosas que funcionaban con sumo orden y prolijidad en Nuevo Amanecer eran la organización de las festividades del 30 de diciembre y el mismísimo desorden. Bastó con que el señor alcalde tomara su fusil, con cierto aire altanero y ribetes de arribismo autoritario que no lograban disimular su particular torpeza y poca credibilidad popular, para que la multitud, estática como una estatua, se prendiera en llamas y explotara de efervescencia como lava de volcán rabioso, antes de que se le ocurriera siquiera al mandamás pensar en apretar el gatillo con tal de disparar esa bala cuyo estruendo daría por iniciadas las celebraciones.
De ahí en más, el carnaval se desató desaforada y desenfrenadamente, con tal atrevimiento en sus bailes y movimientos, con tal audacia y descaro en sus desplantes escénicos, con tal erotismo rebelde, provocativo e insolente en sus actitudes, que más que una celebración parecía una liberación. La mismísima orquesta municipal, encargada de hacer bailar a la multitud, tenía serias dificultades para conciliar sus pegajosos ritmos y sensuales melodías con los espasmos corporales de aquellos bailarines que no hacían otra cosa que seguir la cadencia desenfrenada del compás aquel marcado por el latido de sus agitados y poseídos corazones. No había quien no se contagiara con tremendo festín, a tal punto que incluso los personajes más viejos del pueblo, aquellos que durante el año parecían muertos en vida y que solo lograban, en las esquinas del pueblo, mover los ojos y fruncir el rostro para exigir con la mirada una ración de comida, se desdoblaban animosamente con tal de no quedar relegados de la función. Ahora bien, si había algo que llamaba poderosamente la atención de los participantes al evento, era la belleza del contagioso meneo corporal de las atractivas mujeres pertenecientes a la escuela de baile municipal: con sus encantadores y divinos movimientos y sus atléticos y perfectamente bien esculpidos cuerpos, no había niño que no las mirara, joven que no las deseara, hombre que no las enlabiara y mujer que no las envidiara. Así, estas verdaderas musas de carne y hueso dibujaban con sus caderas sugerentes movimientos circulares cuya intensidad hipnotizaban a los hombres, quienes no lograban despegar sus aleladas miradas de los exuberantes cuerpos de dichas féminas. Esas ojeadas zurumbáticas reflejaban apenas algunos indicios de las múltiples fantasías eróticas y sexuales que seguramente experimentaban esos machos endiabladamente tentados con semejantes delicias. ¿Cuántas nuevas historias de amor podrían haber surgido a partir de esos innumerables cruces de seductores vistazos? ¿Cuantas idílicas noches de pasión ilimitada podrían haberse consumado con tal cantidad de cambio de luces? Asimismo, cabe preguntarse, por otra parte: ¿ Qué hubiera sido de la vida del otrora humilde Rómulo Armando Pontilebrán, si no fuera por el fatídico desenlace de aquella noche que terminó por convertirlo en el mítico personaje cuya grandeza nadie, en Nuevo Amanecer, se atrevería a poner en tela de juicio? Si alguien dudara de que, -como bien señaló alguna vez Rómulo Armando, citando a un renombrado poeta oriental del siglo pasado- “no hay mal que por bien no venga”, esta historia no viene a hacer otra cosa que confirmar la veracidad de dicho sabio aforisma.
Efectivamente, desde cierto punto de vista, resulta un sinsentido evidente formular este tipo de especulaciones: no hay nada más inútil en la vida que detenerse a pensar en las infinitas combinaciones posibles de desenlaces con respecto al ámbito de cosas que podrían haber sido de otra manera. Sin embargo, la curiosidad natural del ser humano muchas veces lo conduce por caminos ciertamente pantanosos o derechamente intransitables, pero no por ello menos humanos. Si tiene algún sentido intentar responder a este tipo de preguntas, éste debe ser buscado en el deseo natural del hombre por encontrar respuestas a aquellas cosas –sean del tipo que sean- que lo mantienen constantemente en vilo: tal era el caso de las meditaciones y de los cuestionamientos que remecieron a los pueblerinos luego de aquel funesto día de jarana oficial.
Lo cierto es que todo marchaba a la perfección durante las celebraciones, hasta que un repentino grito –espeluznantemente desgarrador y lo suficientemente fuerte como para ser escuchado a varios kilómetros a la redonda- no solo acabó como un rayo con la vida de siete ancianos con problemas cardíacos, sino que destrozó también todo tipo de vidrios y cristales y estremeció a la multitud al punto de paralizarla súbitamente por completo: de un instante a otro ya no había bailes ni música, sino que solo una inamovible muchedumbre paralizada, mientras que el silencio magistral e imprevisto solo era perturbado por el eco estremecedor de aquel terrible alarido, eco que se arrastró durante largos y a la vez eternos minutos. Interrogada por algunos curiosos con respecto a su reacción, la joven del alarido no titubeó respuesta alguna, y se limitó a apuntar en dirección de la sala contigua a la alcaldía, donde ese día funcionaba la cocina de la fiesta: tal era el sentimiento de horror que inundaba su rostro, que a nadie le llamo la atención que hubiera enmudecido de por vida luego de tomar conciencia de lo que esa noche vieron sus ojos.
La situación era dantesca: cinco cuerpos inertes yacían en distintos rincones de aquella cocina regada en sangre y tapizada por aquí y por allá de sesos. Dos hombres y tres mujeres habían visto sus vidas truncadas por algún despiadado y desquiciado asesino, condenados todos por haberse encontrado en el lugar y en el momento equivocados, fruto de la fatalidad del miserable destino. Unos pocos, que danzaban a un costado del lugar donde ocurrieron los terribles hechos y que lograron presenciar la estremecedora escena, avanzaban con tal de evacuar el lugar, junto a la multitud cabizbaja, con la mirada al cielo como si estuvieran buscando a Dios, mientras se persignaban una y otra vez agradeciendo al cielo y maldiciendo la tierra.
Desde aquella noche la vida del pueblo cambió por completo: una paranoia generalizada se apoderó de la totalidad de los habitantes de Nuevo Amanecer, y nuevas medidas vinieron a perturbar la plácida vida del poblado. Fue así como de la noche a la mañana las puertas de los hogares se empezaron a cerrar próvidamente con la caída de la noche, sin dejar ya espacios para las habituales discusiones filosóficas entre vecinos sentados en las esquinas y en las terrazas alrededor de una cerveza; las largas caminatas nocturnas entre amigos al ritmo de los cahuines del momento se hicieron humo; las celebraciones de cumpleaños y fiestas varias empezaron a realizarse de día y ya nadie se atrevía a sacar siquiera la cabeza por la ventana llegada la noche. Las consecuencias de esta situación fueron fatales para el pueblo: tanto era el temor de la población a que volviera a manifestarse el asesino aquel que no había dudado en enviar al patio de los callados de manera vil y perversa y sin compasión alguna a cinco inocentes, que ya prácticamente nada funcionaba en el pueblo. Y esto no solo porque la gente dormía de día para sortear el aplastante calor, sino que de noche, en momentos en que debían tener lugar las actividades normales del pueblo, nadie era capaz, por miedo, de mover un solo dedo. Por ende, no hubo de esperar mucho para que cayera a pique la insignificante pero fundamental actividad económica del pueblo, y aparecieran así la escasez de alimentos y de bienes indispensables para sobrevivir. Es más: la misma gente del pueblo, forzada por decisión propia a quedarse encarcelada en sus casas, ya no interactuaba como de costumbre, y muchos veían como las relaciones con los demás se iban perdiendo y deteriorando paulatinamente. Nuevo Amanecer se había convertido en un ghetto: había pasado de ser un pueblo entretenido y acogedor a uno triste y afligido, entregando así un paisaje desolador del lugar aquel que tanta alegría había difundido en su época gloriosa. Precisamente, no tardó mucho para que una prestigiosa bruja de la ciudad predijera la muerte del pueblo, provocando la congoja de la mayoría pero, afortunadamente, la rebelión de un grupúsculo que no quiso permanecer de brazos cruzados mientras veía morir a su pueblo natal: el detonante del levantamiento aquel contra la fatalidad del destino fue la desaparición por completa de las ultimas reservas de vino, sin el cual, aducían ellos, no se podrían celebrar mas eucaristías. Esta peculiar rebelión disfrazaba ciertamente otros propósitos, pero no tardó en concienciar a los demás lugareños de que la lucha por el vino no solo representaba la lucha por mantener vivas las celebraciones religiosas, sino que constituía la única salida para resucitar un pueblo que contemplaba pasivamente su lenta pero segura agonía. Así, la discusión por la última gota de vino trajo consigo la conciencia de que había que devolverle el alma al pueblo a como fuera de lugar: las manifestaciones populares de descontento generalizado se fueron sucediendo y dieron pie para que el alcalde, sumamente interesado en retomar sus actividades protocolares y ególatras con tal de hacer efectivos su autoridad y poderío perdidos, tomara medidas al respecto, y terminara designando a un joven pero talentoso investigador con tal de que lograra dar con el paradero del asesino que tanto había trastornado al pueblo de Nuevo Amanecer.
La decisión del alcalde de elegir a Rómulo Armando Pontelibrán como el encargado de la difícil misión de encontrar a los responsables de la denominada Tragedia del 30 respondía a criterios muy particulares: el joven Rómulo era conocido y admirado por su vasta cultura, su particular e incisiva inteligencia, su historial de vida intachable, su increíble sagacidad y su incansable ahínco en cumplir con lo que exige el deber. Todas estas notas de su persona daban cuenta de los sobrados méritos que tenía este joven para cargar con la responsabilidad de resucitar al pueblo. Así, una vez hecha pública, dicha decisión fue unánimemente celebrada y aplaudida, y el alcalde volvió a sentir el aprecio popular que muchas veces le fue denegado con actitudes de indiferencia generalizada por parte de la población.
Rómulo Armando Pontilebrán era un joven que efectivamente nació en Nuevo Amanecer, pero cuya tremenda curiosidad intelectual impregnada en su honorable espíritu obligó a dejar su humilde cuna para recorrer, -según él mismo relató en sus mismísimas Memorias- el mundo entero con tal de comprender y aprehender el mundo y el universo. Con ese objetivo entre ceja y ceja, Rómulo Armando emprendió vuelo a edades más que tempranas hacia lejanas tierras que pudieran saciar en algo su sed de experiencias y su hambre de saber. Así, de tanto viajar y aprender diariamente cosas nuevas, Rómulo Armando, gracias a su envidiable talento natural por ilustrarse, devino rápidamente el hombre más culto e inteligente del pueblo y de la zona, encaramado sin duda laguna y sin contrapeso alguno en la cima de la sapiencia local. De carácter afable y noble y dotado de una cultura general cuyos límites parecían indescifrables, el joven políglota era considerado la persona ideal e indicada para resolver este espinoso y complicado caso, pues era por todos sabido que para Rómulo Armando no había misión que no terminara en éxito ni misterio que no fuera descubierto. Además, hasta el momento no se sabía siquiera de una ínfima pista que pudiera conducir a los responsables de la tragedia de aquel aciago día, por lo que todas las esperanzas de salvar al pueblo de la maldición que sobre sus espaldas pesaba recaían en el joven Rómulo Armando.
De esta manera, tal era la seriedad con que Rómulo Armando hizo suya esta misión, que ya antes de ser designado oficialmente por el alcalde como investigador responsable del caso de la Tragedia del 30, andaba él recorriendo las calles recopilando antecedentes que pudieran aportarle las primeras pistas del asunto. Las indagaciones iniciales no tuvieron los resultados esperados, pues fueron muy pocos los que presenciaron de hecho la escena del crimen, mientras la gran mayoría de la gente que bailaba al ritmo ensordecedor de la música orquestal solo atinó a evacuar el lugar asustada por el monstruoso grito de espanto de la joven aquella en momentos en que descubría los horrorosos hechos: dicha gente nada supo de lo que ocurrió hasta que comenzaron a circular los primeros rumores sobre el crimen, una vez desalojado el lugar de los hechos. Por lo mismo, Rómulo Armando comprendió que debía ser extremadamente cuidadoso con la selección de los testimonios si quería avanzar rápidamente con la investigación, pues eran muchos los que, motivados por las imperiosas ganas de ayudar en la búsqueda de los responsables del crimen, daban testimonios supuestamente fidedignos pero claramente inconsistentes, pues en ningún momento podían dar cuenta de haber presenciado algún detalle relevante para la investigación. De ahí que interrogatorio tras interrogatorio, Rómulo Armando decidió centrarse únicamente en investigar a aquellas personas que alcanzaron a entrar a la pieza donde estaba habilitada aquella cocina cuyos muros reflejaban el feroz enfrentamiento que seguramente aconteció en el lugar. En efecto, Rómulo Armando logró resolver que por muchos que fueran los que querían colaborar prestando todo tipo de declaraciones, nadie, absolutamente nadie fue testigo directo de los hechos. No había quien pudiera dar indicio alguno de lo que sucedió en esa hermética sala travestida de cocina: todos los testimonios recopilados hasta el momento no eran más que especulaciones vacías fruto de la imaginación de muchos que algo creían haber visto, pero que jamás vieron nada. Así, en base a situaciones fantasiosas y elucubraciones que daban impunemente rienda suelta a la imaginación en direcciones insondables, se idearon todo tipo de explicaciones para el crimen: hubo quien culpó a un viejo viajero que recorría en su balsa los rincones de todos los mares con tal de ubicar a su mujer que había desaparecido hacía una veintena de años; otro aseguró que el crimen era responsabilidad del bizarro extranjero aquel que había llegado al pueblo supuestamente a trabajar, pero que en realidad había venido a sembrar el pánico con tal de hacerse más fácilmente de las riquezas del poblado; hubo quien, incluso, llegó a afirmar que las victimas de la Tragedia del 30 habían sido atacadas por fuerzas sobrenaturales, razón por la cual no habría rastro alguno de los responsables de la matanza. Lo cierto era que algo le quedó claro a Rómulo Armando con respecto a los hechos: no hubo quien los presenciara en vivo y en directo. De ahí que con respecto a la investigación, Rómulo Armando solo considerara los antecedentes divulgados y expuestos por aquellas personas que presenciaron la escena del crimen: esos fueron los únicos datos y testimonios que el ilustre investigador tomó en cuenta. Comprendió entonces Rómulo Armando que disponía allí de elementos extremadamente importantes para resolver el caso: la posición de los cuerpos, la disposición espacial de las armas utilizadas para el asesinato, la estructura del lugar con sus vías de acceso y salida, las huellas, etc., constituían elementos esenciales a la hora de conformar una hipótesis de resolución del enigma. Por ende, habiendo seleccionado y tomado nota de todos estos antecedentes, y sin más ayuda que su propia sabiduría, Rómulo Armando dio por concluida la primera fase investigativa, pues disponía de todos los testimonios de los testigos que lograron presenciar la escena del crimen. Había que pasar entonces a la siguiente fase: analizar nuevamente todos estos antecedentes a la luz de la consulta de aquellos libros cuyas páginas, aseguraba Rómulo Armando, escondían entre líneas las llaves para abrir las puertas de la verdad.
Fue así como Rómulo Armando se enfrascó en la lectura de varios libros de su inmensa y riquísima biblioteca con la intensidad y vorágine de un sabio ejemplar. Para resolver el enigma de la disposición de los cuerpos y de las posibles situaciones en que podrían haberse envuelto las victimas antes de ser asesinadas estudió libros de física y de metafísica; para tratar de entender como fueron heridos y en qué lugares del cuerpo sufrieron las victimas sus estocadas mortales se largó a estudiar libros de medicina, especialmente aquellos relativos al ámbito de la anatomía humana; para identificar huellas escondidas procedió a leer todos sus libros de alquimia; por último, y con el objetivo de compenetrarse con la mente del asesino, se devoró de principio a fin todas las obras de psicología.
Hay que decir que el pueblo seguía con especial atención los avances de las investigaciones; y aunque Rómulo Armando mantenía al respecto un secreto sepulcral para no entorpecer el curso de las mismas, los rumores iban y venían sobre un posible pronto desenlace de las pesquisas.
No hubo que esperar demasiado para conocer los resultados de las indagaciones de Rómulo Armando: su diligencia y habilidad no daban tregua y era de suponer que entregaría al alcalde los resultados de su investigación antes de la fecha límite que había sido acordada al asumir el caso.
Fue entonces cuando, en plena mañana de un día soleado como ninguno, sonaron las campanas de la alcaldía y de la totalidad de las iglesias del pueblo, anunciando la buena nueva: el gran Rómulo Armando Pontilebrán haría pública sus conclusiones en la plaza del municipio. Habiéndose congregado el pueblo entero, que por vez primera desde el día de la tragedia salía de sus casas, se encaramó Rómulo Armando a una tarima especialmente diseñada para la ocasión, y con mirada serena exclamó ante la multitud silenciosa: “Heme aquí ante ustedes para hacerles saber las conclusiones a las que he llegado con respecto a la misión que se me ha encomendado. Como ustedes bien saben, en mi condición de hombre que prioriza la acción por sobre la palabra, dejaré de lado la pomposidad del lenguaje para centrarme en aquello que motivó la asunción de la susodicha misión. Paso a detallar entonces paso a paso las conclusiones a las que he llegado luego de intensas semanas de investigaciones: en momentos en que se encontraban las cinco victimas en la cocina, a eso de las 2 h. 37 de la madrugada según mis averiguaciones, estalló un movimiento telúrico cuya intensidad de 10 grados en la escala universal de terremotos no fue percibido por nadie en la alcaldía, excepto por aquellas personas que estaban reunidas en esa pieza aledaña habilitada como cocina para la ocasión. En circunstancias de que absolutamente nadie advierte por causa de la música y del baile este fuerte remezón de la madre tierra, las personas ubicadas en la pieza convertida en cocina si lo sienten, pues uno de los pilares que sostenía esta pieza se derrumba, provocando que Marcos Bonelli cayera al piso y se le disparara involuntariamente el arma con el que cazaba cocodrilos. Producto de esta bala perdida Pedro Inostroza cae al piso de manera inmediata, con el cráneo partido en dos y sus sesos salpicados en la pared: Pedro Inostroza muere en el instante mismo en que la bala perdida le traviesa la frente. Sin embargo, esta bala no solo atraviesa a Pedro Inostroza, sino que hiere en su loca carrera a Candelaria Arévalo en el estómago: malherida, Candelaria Arévalo se abalanza sobre Marcos Bonelli con la idea de vengar la muerte de su amigo –que por cierto no considera como accidental-, clavándole un cuchillo de quince pulgadas en el cuello y degollándolo como una gallina cualquiera, ante lo cual Marcos Bonelli fallece instantáneamente. Por lo mismo, y habiéndose desencadenado en ese contexto en principio inocente un ir y venir de balas, cuchillos y ánimos de venganza, Cristina Salas no lo piensa dos veces y parte en ayuda de su malogrado esposo: coge el arma que se había caído al piso y dispara una sinfonía de balas con las que remata a Candelaria Arévalo, quien se desvanece y agoniza por largos minutos. Se debe señalar luego que quedando Ximena Barros y Cristina Salas en pie, Ximena Barros se le adelanta y le propina un golpe en la sien con un martillo hundiéndole el cráneo y provocándole un estado de coma del que todavía no ha podido salir. Cabe consignar, por último, y para cerrar el capítulo con respecto a las cinco victimas de la cocina, que Ximena Barros, asumiendo la cruda realidad de haber visto morir a su bien amado, toma la decisión de dispararse un tiro en la boca con la misma arma que terminó accidentalmente con la vida de su pareja. Esto es lo que puedo decir con respecto a los cinco cuerpos encontrados en la cocina el día 30. Ahora bien, pregunto: ¿podemos culpar del crimen a Marcos Bonelli? ¿Qué hubiera pasado si la tierra no se hubiera movido como lo hizo? Estaríamos quizás, estimados amigos y amigas, discutiendo otro tipo de cosas en estos momentos difíciles para nuestro pueblo. Sin embargo, esto no debe desviar nuestra atención, pues la tierra finalmente si se movió, por lo que debemos preguntarnos: ¿Porqué razón se movió la tierra? ¿Qué fue lo que desencadenó este terrible terremoto junto con la seguidilla de crímenes absurdos? He consultado a brujos y astrólogos; he observado cuidadosamente mis más recientes libros sobre el problema, y he llegado a la siguiente conclusión: ¡el terremoto ha sido un castigo enviado por los dioses en rechazo a nuestras osadas y rebeldes costumbres!, según lo que pude indagar junto al brujo más importante de la zona. Por lo tanto, señoras y señores, concluyan ustedes mismos: Ximena Barros se suicida después de haber asesinado a Cristina Salas, en manos de quien muere Candelaria Arévalo, quien a su vez es muerto por Pedro Inostroza, éste último por su lado muerto por Marcos Bonelli, quien dispara y gatilla la matanza a causa de un terremoto enviado por los dioses, quienes a su vez enviaron el castigo…mmmmm…”
Súbitamente, en medio de aquella delirante rendición de cuenta, Rómulo Armando evitó con justedad emitir un despropósito que podría haber tenido quizá qué fatídicas coincidencias…¿Qué hubiera pensado la multitud si se le hubiera acusado de asesinar indirectamente a esos cinco inocentes? ¿Hasta que punto podría ser ella responsable de la tragedia que se desencadenó aquella escalofriante noche? Sin ir más lejos, ¿hasta qué punto mi investigación y mi consecuente reconocimiento público están en deuda con la tragedia del 30? A medida que reflexionaba sobre estos puntos, ya muy lejos de la investigación en sí misma y del entorno que la motivó, Rómulo Armando se limitó a cerrar armoniosamente su discurso, sin compartir sus inquietudes con su pueblo y dando por cerrado este intenso capítulo de la historia de Nuevo Amanecer. Por su parte, el pueblo entero se volcó a las calles a festejar la resolución del enigma del crimen, culpando de éste a los insensibles dioses, cuya actitud no logró comprender jamás: el divorcio con los dioses fue total de ahí en más. Nadie pudo advertir jamás por qué fueron los dioses quienes sembraron el pánico en la población. Nadie entendió posteriormente qué llevó a los dioses a cometer semejante atrocidad. Por todo esto y muchas cosas más, en signo de agradecimiento hacia el libertador Rómulo Armando, los habitantes propusieron cambiar de nombre al poblado y denominarle Pueblo del Nuevo Amanecer, a la vez que nombraron alcalde vitalicio a aquel hombre que tanto vitoreaban y tanto admiraban.